Llevo días recordando, tanto dormido como
despierto, un par de figurillas de porcelana que adornaban un robusto mueble de
caoba en la vieja casa de mi querida Guanchi, donde transcurrió parte de mi
infancia.
Se trataba de una Julieta y un Romeo, muy muy
antiguos, no es que fueran piezas únicas, ni mucho menos, lo que me hace
recordarlas es el hecho de que el Romeo,
estaba algo roto y maltraído, al punto de que su cabeza estaba sujeta por un
aplique de papel enrollado que cual arteria aórtica la mantenía, a duras penas,
unida a su cuerpo.
Las piezas eran tratadas como algo muy valioso
por todos los adultos -"se mira,
pero no se toca"-, pero mi
curiosidad innata por ver más allá de lo visible, me había llevado a descubrir
el secreto de aquella tristeza en la expresión del eterno enamorado que no
conseguía mantener la cabeza en su sitio a causa de un viejo y prolongado mal
llamado amor.
Sobra apuntar, que la parejita no resultaba
precisamente decorativa, los esmaltes habían perdido brillo y color, pero aun
así, eran intocables y veneradas, lo cual me lleva a revolotear en mi ociosa
mente en busca de una respuesta al motivo por el cual algo tan viejo, roto y
sin función práctica alguna, creo que hacía mucho habían dejado de ser piezas
ornamentales, seguía siendo tan querido y venerado por todos: ¿Cuál era el
misterioso papel de Romeo y Julieta en aquella agitada vida familiar?
Hace unas semanas al levantarme y ver mi
reflejo en el espejo, tuve la misma sensación que al mirar aquellas figuras, me
costaba reconocer en aquella triste y desgastada imagen, al héroe romántico de
antaño, aquella criatura invencible y soñadora con un fulgor casi mágico en la
mirada... y me sobrevino la ineludible interrogante: ¿Cuál es el papel de esta
desgastada criatura en este universo? El otoñal final de esta primavera me ha
ayudado a encontrar una explicación más o menos convincente, al menos para mí.
Romeo y Julieta, eran muy viejos, estaban
rotos, la cabeza de Romeo se mantenía sujeta con un taco de madera, ya no eran
para nada, las bonitas figuritas que le habían regalado a la tatarabuela -tal
vez la señora de la casa al darle la libertad a sus esclavos- habían perdido la
función para la cual habían sido creados: la ornamental; pero en cambio, el
paso del tiempo les había otorgado una nueva misión no menos importante, se habían
convertidos en testigos del paso del tiempo.
Al verlos, el recuerdo de los seres queridos,
que ya no estaban presentes, se hacía por un momento casi real, aquellas tardes
de rosario en el sillón mirando las desgastadas figuritas, llevaba a los mayores de la casa a aquellos días
felices de su infancia, cuando su abuela preparaba el café y repartía el
delicioso flan que acababa de desmoldar, por unos instantes volvían a sentir
aquellos aromas, aquella ternura, volvía el brillos a sus miradas y la fuerza
de aquellos instantes les ayudaba a vivir su presente.
Llegado a este punto, sin agenda, ni plan B,
tomar cuenta de que, como aquel Romeo, mi sola presencia resulte para alguien
motivo de malestar, inquietud o grato recuerdo de un día feliz, una canción, un
baile, un lugar, un adiós, una fiesta, un tiempo en que todo era distinto y que
a su vez guardaba el germen de este maravilloso presente, llena mi día a día de
especial sentido...
Después de tantos caminos recorridos, tantos
proyectos inacabados, tanta búsqueda inútil de un sentido, percibir que nuestra
existencia no sea más que una simple, pero necesaria, pieza en la historia de
los otros, y que nuestra identidad no es otra cosa que un eslabón que conecta
nuestro tiempo con la eternidad de este
universo, me hace recobrar, al menos por
unos segundos, mi conexión con
este tiempo.
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