jueves, 22 de mayo de 2014

Figuras de porcelana




Llevo días recordando, tanto dormido como despierto, un par de figurillas de porcelana que adornaban un robusto mueble de caoba en la vieja casa de mi querida Guanchi, donde transcurrió parte de mi infancia.

Se trataba de una Julieta y un Romeo, muy muy antiguos, no es que fueran piezas únicas, ni mucho menos, lo que me hace recordarlas es el hecho  de que el Romeo, estaba algo roto y maltraído, al punto de que su cabeza estaba sujeta por un aplique de papel enrollado que cual arteria aórtica la mantenía, a duras penas, unida a su cuerpo.

Las piezas eran tratadas como algo muy valioso por todos los adultos -"se mira, pero no se toca"-,  pero mi curiosidad innata por ver más allá de lo visible, me había llevado a descubrir el secreto de aquella tristeza en la expresión del eterno enamorado que no conseguía mantener la cabeza en su sitio a causa de un viejo y prolongado mal llamado amor.

Sobra apuntar, que la parejita no resultaba precisamente decorativa, los esmaltes habían perdido brillo y color, pero aun así, eran intocables y veneradas, lo cual me lleva a revolotear en mi ociosa mente en busca de una respuesta al motivo por el cual algo tan viejo, roto y sin función práctica alguna, creo que hacía mucho habían dejado de ser piezas ornamentales, seguía siendo tan querido y venerado por todos: ¿Cuál era el misterioso papel de Romeo y Julieta en aquella agitada vida familiar?

Hace unas semanas al levantarme y ver mi reflejo en el espejo, tuve la misma sensación que al mirar aquellas figuras, me costaba reconocer en aquella triste y desgastada imagen, al héroe romántico de antaño, aquella criatura invencible y soñadora con un fulgor casi mágico en la mirada... y me sobrevino la ineludible interrogante: ¿Cuál es el papel de esta desgastada criatura en este universo? El otoñal final de esta primavera me ha ayudado a encontrar una explicación más o menos convincente, al menos para mí.

Romeo y Julieta, eran muy viejos, estaban rotos, la cabeza de Romeo se mantenía sujeta con un taco de madera, ya no eran para nada, las bonitas figuritas que le habían regalado a la tatarabuela -tal vez la señora de la casa al darle la libertad a sus esclavos- habían perdido la función para la cual habían sido creados: la ornamental; pero en cambio, el paso del tiempo les había otorgado una nueva misión no menos importante, se habían convertidos en testigos del paso del tiempo.

Al verlos, el recuerdo de los seres queridos, que ya no estaban presentes, se hacía por un momento casi real, aquellas tardes de rosario en el sillón mirando las desgastadas figuritas, llevaba  a los mayores de la casa a aquellos días felices de su infancia, cuando su abuela preparaba el café y repartía el delicioso flan que acababa de desmoldar, por unos instantes volvían a sentir aquellos aromas, aquella ternura, volvía el brillos a sus miradas y la fuerza de aquellos instantes les ayudaba a vivir su presente.

Llegado a este punto, sin agenda, ni plan B, tomar cuenta de que, como aquel Romeo, mi sola presencia resulte para alguien motivo de malestar, inquietud o grato recuerdo de un día feliz, una canción, un baile, un lugar, un adiós, una fiesta, un tiempo en que todo era distinto y que a su vez guardaba el germen de este maravilloso presente, llena mi día a día de especial sentido...

Después de tantos caminos recorridos, tantos proyectos inacabados, tanta búsqueda inútil de un sentido, percibir que nuestra existencia no sea más que una simple, pero necesaria, pieza en la historia de los otros, y que nuestra identidad no es otra cosa que un eslabón que conecta nuestro tiempo con la eternidad de  este universo, me hace recobrar, al menos por  unos segundos, mi conexión  con este tiempo.

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